por David García Miño

El pop no existe: sobre la música popular y otros unicornios

Música | FECHA DE PUBLICACIÓN: abril 20, 2023

Cuando hablamos, por ejemplo, de metal, podemos tener más o menos claro que existen una miríada de géneros dentro de sus filas, y que no va a sonar del mismo modo, ni a utilizar las mismas técnicas una banda de sludge que otra de grindcore, o una que hace temblar los cristales a base de djent que otra que convierte en sencilla la relatividad de Einstein tocando math. Y digo que lo podemos tener más o menos claro porque los ajenos al vasto mundo del metal están medianamente autorizados para verlo todo como una amalgama de ruidos, guitarras distorsionadas, bajos profundos, baterías desquiciantes y vocalistas histéricos. Porque si algo deberíamos tener claro en nuestras mentes a estas alturas es que el conocimiento se obtiene a través del estudio (y aquí ni por asomo me estoy refiriendo al académico o reglado), y cuando somos ajenos a una disciplina, como por ejemplo la termodinámica, lo más probable es que nuestros ojos de lego solo vean números y símbolos raros sin orden ni concierto. Con la música ocurre algo similar, ya sea en este ejemplo práctico hablando de metal, donde el profano sentirá iguales a Baroness y a Sleep Token; de jazz, donde alguien lejano a él no encontrará diferencia entre el bebop de un Davis o un Gillespie y el swing de un Miller o un Ellington; o de la electrónica, donde tanto Justice como Kraftwerk serán «de esos que hacen ruiditos con maquinitas».

El tema es que, de este modo, podemos pensar en el metal, el jazz o la electrónica como grandes contenedores a los que podemos definir con unas características básicas que luego se deslizarán en vertical tocando todas sus ramificaciones. Y estaríamos más o menos en lo cierto. Y podrá el lector argumentar, acercándonos ya al quid de la cuestión como habrá podido extraer del título de este texto, que el pop podría funcionar igualmente como un aglutinador de variantes y que todo esto que estoy diciendo no es más que otro modo de buscarle tres pies al gato. Pero nada más lejos de la realidad: el pop no es un género, no es un tipo de sonido, ni incluye dentro de sí una serie de características sonoras o ideas de base que se pudieran usar para definirlo. Y prueba de ello, para empezar, es el modo en que ha ido evolucionando su propio concepto y de qué modo el oyente ha ido relacionándose con él y cambiando su propia idiosincrasia. El término tiene orígenes más o menos confusos, pero podemos asumir que su uso se extiende a partir de las décadas de los cincuenta y los sesenta. ¿Y qué se llamó en aquellos años pop? Pues artistas como Bing Crosby o Frank Sinatra, que estaremos de acuerdo en que guardan bastante poco parecido con Katy Perry o Lola Índigo, por jugar con la etiqueta. La única convención que parece unirles es la de la canción easy listening (aquí estoy incluyendo la típica estructura en ABAB y variantes), evidentemente cantada, y de corta duración. Y ya. Porque en lo instrumental no hay similitudes, por no decir en lo letrístico (imagine el lector poner en la misma frase a Billy Joel y a Pablo Alborán) o en lo armónico.

De este modo, cuando hablamos de pop, se podría decir que es un contenedor deficiente, que únicamente sirve para definir «lo popular» y que no tiene valor en sí mismo, y que por supuesto varía enormemente con los tiempos y con lo que la sociedad del capital decide que debe ser célebre. Uno que, una vez definido y contextualizado, debería ser pensado en términos que pongan en valor la música y el arte que contiene, abandonando esas etiquetas inútiles como Rey del Pop para Michael Jackson (si fue rey de algo fue del R&B, el soul y la música disco) y el montón de reinas, princesas y príncipes que han poblado el imaginario colectivo en lo que es una inexactitud mitológica. Desprovisto de todo impulso mercadotécnico, lo que quedan son artistas que trabajan en verdaderos tropos comunes que nada tienen que ver con esa entelequia llamada pop, sino que atesoran unas señas de identidad que les contienen mucho más allá y más específicamente (y lo más importante, que no les reducen a una subsección del capital). Si nos acercamos a cualquier gran almacén en el que vendan música (algo cada vez menos común, por otra parte) no encontraremos un cartel hablando de «lo mejor del mes», o un facing ordenando una selección de un editor, o una cabecera que prescriba música por sus bondades internas y propias. Lo que hallaremos será un letrero que, a la voz de «lo más vendido», otorga valor al arte basándose en un criterio meramente cuantitativo, al que le importa más bien poco si lo último de Miley Cyrus es o no bueno, o si ese álbum de Taylor Swift está a la altura de presidir el mejor mueble de la superficie comercial (y nótese que no estoy emitiendo un juicio sobre uno u otro trabajo, sino cuestionando el método a través del cual se llega a decidir su prescripción). Es decir, lo pop tomando el control de lo musical, haciendo creer al oyente que es una etiqueta significativa, y no un absurdo controlador de mercado. En esta guerra también entraríamos en las plataformas de streaming musicales, otros tiranos inmisericordes sacacuartos, pero de eso hablaremos otro día.

Por concluir: Bing Crosby tocaba subgéneros del jazz y el country, Frank Sinatra un poco de swing y de big band, Katy Perry se va hacia el synth y el disco, Lola Índigo mira en dirección al trap latino (no nos liemos con el trap noventero) y el reguetón, Pablo Alborán fusiona el flamenco con la balada romántica y Billy Joel el soft rock con toques clásicos. Y así podríamos seguir infinitamente, buscando el valor en el artista y las características propias a las que ha decidido adscribirse (que además siempre serán susceptibles de ser modificadas con el tiempo y los lanzamientos) y no en lo popular y las maniobras de ventas. El pop no existe, no ha existido nunca y no va a existir jamás. No al menos mientras sigamos teniendo la capacidad de valorar el arte como se debe y podamos acercarnos a la música sacando de la ecuación la posición en la que está colocado en las listas de las compañías de streaming musical, el lugar que ocupa en lo más visto de los servicios de alojamiento de vídeos o la altura en la que esté situado en los grandes almacenes de turno. El arte debe sobrevivir, y lo hará sin lo pop.

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